La Revolución cubana terminó hace mucho tiempo. Según algunos, en 1968, cuando Fidel apoyó la invasión soviética de Checoslovaquia. De acuerdo con otros, en 1970, con el fracaso de la zafra de los diez millones. Para otros más, la conclusión se produjo en 1989 con el fusilamiento de Arnaldo Ochoa y de Tony de la Guardia, dos colaboradores cercanos de Castro cuya única culpa fue haber hecho lo que él les decía. La dictadura castrista, sin embargo, ha sobrevivido ya 67 años. Más de lo que cualquiera hubiera esperado. Ahora sí parece que empiezan a soplar los vientos de su desgracia, como hubiera dicho García Márquez, que mucho contribuyó a perpetuarla.
La imputación jurídica del gobierno de Estados Unidos a Raúl Castro carece, desde luego, de cualquier fundamento legal. Independientemente de dónde fueron derribadas las avionetas de los llamados Hermanos al Rescate -en aguas internacionales o en aguas territoriales cubanas- el hecho es que, efectivamente, como lo comprueban documentos desclasificados del gobierno de Estados Unidos, los cubanos le avisaron a Bill Clinton en múltiples ocasiones -parece que veinticinco- que no podían seguir esos vuelos y que un día los iban a interrumpir por la fuerza. Pero eso es lo de menos, de la misma manera que es obvio que Raúl Castro nunca comparecerá ante una corte estadounidense. No tengo la menor duda de que tiene consigo, o a su lado, los medios necesarios para terminar su vida antes de ser llevado a Brooklyn como Maduro.

Pero todo ello no quita que nos aproximamos a un desenlace. A mí, por lo menos, me resulta imposible vaticinar los detalles del mismo. No sé si será una invasión norteamericana recibida por aclamación en el malecón de La Habana, o por una resistencia feroz de un pequeño sector armado de las FARC y del pueblo cubano. Tampoco sé, por supuesto, si habrá un final negociado, donde terminará la persistencia del régimen económico actual, más no del andamiaje político. Y menos aún tengo manera de prever si se tratará de una operación de extracción como la de Maduro, que fracasará.
Pero sí sé que todo esto era evitable, por lo menos desde 1989, cuando concluyó la era del apoyo soviético al régimen cubano, que sólo fue sustituido a partir de 1999, y sobre todo de 2003, por el chavismo venezolano. Fidel hubiera podido, como lo sugerí en aquel año fatídico, aceptar los mismos cambios que sucedieron en la Unión Soviética y en los países de Europa Oriental. Él, y todos sus fanáticos, seguidores, acólitos, y empleados en la izquierda mexicana, latinoamericana e incluso europea, aplaudieron que no lo hiciera. Sólo condenó al pueblo cubano a treinta y cinco años más de sufrimiento, sin jamás preguntarle si estaba de acuerdo o no.
Cuando terminó la dirección del hermano mayor del gobierno cubano, y comenzó la del hermano menor, a partir de 2006, hubiera podido suceder lo mismo. De nuevo, el castrismo, familiar, se negó. Le impuso al pueblo cubano otros veinte años de sufrimiento, sin preguntarle si aceptaba ese cambalache o no: una supuesta soberanía e independencia, y antiamericanismo, a cambio de una dictadura feroz y represiva, de escaseces, privaciones y miseria, como pocos países han padecido.
Echarle la culpa a Estados Unidos es un absurdo: desde 1961 ese era un dado, un “given”. Desde Kennedy, en efecto, Estados Unidos se opuso con virulencia a la existencia misma del régimen cubano, de la misma manera que amplios sectores palestinos se han opuesto a la existencia misma del Estado de Israel. Ni unos ni otros tenían ni tienen razón, pero son hechos incontrovertibles. El castrismo decidió que valía la pena pagar costos exorbitantes para mantenerse en el poder, y supuestamente mantener una independencia nacional que nunca existió ante la Unión Soviética y que tampoco existió con Venezuela, aunque obviamente quienes mandaban eran los Castro, y no Chávez ni Maduro.
No sé si la dictadura cubana tenga los días contados. Es posible que sí. Muchos han perdido hasta la camisa apostando a su debacle. No soy uno de ellos. Pero tampoco puedo negar que a estas alturas lo menos que debiera suceder en Cuba, al igual que terminó sucediendo en muchos países de América Latina, es que se le pregunte a la gente si quiere seguir pagando el costo de una supuesta soberanía. Muchos amigos míos me dicen que si Cuba aceptara el fin de su régimen autoritario, se volvería Puerto Rico. No sé si eso sucedería; tampoco estoy seguro que fuera el peor de los destinos, es el país más rico de América Latina, si se le considera como tal. Pero aun suponiendo que fuera una desgracia, la sociedad cubana debe tener el derecho de decidir si quiere seguir así, sin luz, sin agua, sin transporte, sin gasolina, sin comida, sin nada, o ser Puerto Rico. Que los dejen escoger y ya veremos qué deciden.
Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Las dos izquierdas y Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia