Boots on the ground en Chihuahua

Durante estos últimos meses, he intentado explicarles a varios corresponsales extranjeros las sutilezas mexicanas en materia de soberanía. He fracasado, como era previsible, al tratar de hacerles entender que a la pregunta: ¿habrá una intervención militar directa de Trump en México? No existe una respuesta categórica. En primer lugar, porque nadie en este caso puede adivinar las intenciones presidenciales: son imprevisibles. En segundo término, porque las cosas en México son más complicadas.

Los primeros agentes del FBI llegaron a México durante la Segunda Guerra Mundial, para vigilar y neutralizar las actividades de la Alemania nazi. Los primeros enviados de la CIA desembarcaron a principios de la década de los años cincuenta, en plena Guerra Fría, para vigilar y neutralizar las actividades de los funcionarios soviéticos adscritos a la embajada de Tacubaya. Se reforzó su presencia con la llegada del legendario Winston Scott en 1956, y con el alineamiento de la Revolución cubana con la URSS a partir de 1960. La CIA, con la anuencia del gobierno mexicano, fotografiaba a todos los visitantes a las embajadas de Cuba y de la Unión Soviética, y a todos los pasajeros en los vuelos de la Ciudad de México a La Habana. 

Kathia Recio

Los primeros agentes de la DEA llegaron a México en 1973, recién creada la agencia por Nixon, en la estela de la guerra contra las drogas emprendida por este último. El Procurador General de la República, Pedro Ojeda Paullada, viajó a Washington para recibir informes sobre la misión de la nueva institución, y aceptar el envío de sus agentes a México. El número de enviados de la DEA creció durante la Operación Cóndor en Sinaloa, comandada por Reta Trigo y Gertz Manero, de manera más o menos clandestina, hasta que fue “ventaneado” con el secuestro, la tortura y la ejecución de “Kiki” Camarena en 1985. En 1992, después de que la misma DEA hubiera secuestrado a Humberto Álvarez Macháin, Salinas amenaza con expulsarlos, y luego pactó que la embajada estadunidense entregara una lista con nombres y apellidos de los agentes a la Secretaría de Relaciones Exteriores. Fue aumentando el número de involucrados —a principios de siglo eran unos 80— y hasta el desaguisado del General Cienfuegos, todo siguió igual. 

En ese momento López Obrador fija nuevas reglas para su actuación, pero Calderón ya había dado la bienvenida a un grupo de militares norteamericanos, que formaron el Milgroup en la embajada, y que vinieron a sumarse a todos los demás efectivos ya mencionados. Asimismo, es probable que entonces haya comenzado la “implantación” (“embedding”) de efectivos norteamericanos en las fuerzas de seguridad mexicanas, sobre todo la Marina. Recuérdese al respecto la muerte de varios estadunidenses encubiertos en Tres Marías.

Todo esto para decir que si la versión de Los Angeles Times es verídica, a saber, si fueron cuatro agentes de la CIA y no dos, si vestían uniformes de la Agencia de Investigación de Chihuahua o no, si eran mexicano-americanos que hablaban español y poseían el fenotipo mexicano, no hay nada nuevo bajo el sol. La traducción al inglés de militares de Estados Unidos en México es “boots on the ground” (botas pisando el suelo). Los del FBI, de la CIA, de la DEA, ahora de HSI, de DOD, llevan pisando el suelo patrio desde los años cuarenta, aunque estrictamente hablando, no son militares. Pero sí calzan botas. Lo hacen hoy más que nunca, con o sin la autorización de Sheinbaum. 

Ella, obviamente, le echará toda la culpa a la gobernadora de Chihuahua. Pero el país —y los corresponsales extranjeros— deberían preguntarse si sus declaraciones de “líneas rojas” sobre la intervención y contra la “subordinación” no son en realidad una gran cortina de humo para disimular lo que está sucediendo. Cada quien sabrá si creerle al ejército y a la presidenta cuando niegan cualquier conocimiento de la presencia de cuatro agentes de la CIA (¿armados?) en la Sierra Tarahumara, y si es peor la ignorancia de los hechos, o aprobarlos en secreto, esperando que nadie se entere. 

Jorge G. Castañeda

Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Las dos izquierdas y Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia

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Publicado en: Amarres