La desdichada secretaria de Educación anunció hace unos días que por falta de recursos se suprimirían las escuelas primarias restantes de tiempo completo en el país. No precisó si las escuelas por volver a la media jornada de cuatro horas más treinta minutos de recreo eran las de seis horas, las de ocho horas o ambas categorías. Pero da igual: lo que muchos hemos insistido en calificar como la reforma educativa más importante para el país, y en lo que se avanzó parcialmente desde finales de los noventa, se ha abandonado.

Desde 2004 argumenté que no era posible mejorar los resultados de PISA de los niños mexicanos con cuatro horas de primaria diarias, aunque formalmente el año escolar mexicano fuera un poco más largo que otros, y parecido al promedio de la OCDE. Sabemos que los días de escuela en México son fantasiosos, y que por ello el número de horas por día real es un indicador mucho más importante que los anuncios de la SEP.
Como ya escribí hace tres años, el esfuerzo comenzó en el Distrito Federal en los años noventa, cuando Benjamín González Roaro era subsecretario de Educación. Más de 400 escuelas pasaron a una jornada más larga, muchas a ocho horas. Con Fox no sucedió casi nada, pero con Calderón se produjo un incremento importante, sobre todo a jornadas de seis horas: más de 6000 al finalizar el sexenio. No obstante, se trataba de una proporción pequeña de las más de 85 000 primarias públicas en el país.
Peña Nieto fue convencido por sus colaboradores de realizar un esfuerzo mucho mayor en este rubro. Pero la ausencia de titular de la SEP durante los primeros tres años del sexenio y las supuestas restricciones presupuestales redujeron la meta escogida a 40 000 primarias, de las cuales se cumplió el objetivo entre escuelas de tiempo completo o prolongado. Al final, según las cifras proporcionadas por quien puso en práctica el aumento, y le entregó a sus sucesores una sólida base para seguir avanzando —Aurelio Nuño, el secretario de Educación de Peña Nieto— 28 000 primarias extendieron su jornada en uno de los dos formatos utilizados.
Desde un libro de campaña de 2004 —aburrido como todos los del género— expuse las razones para prolongar la jornada. En primer lugar, para darle una comida a los niños que no necesariamente la recibirían (tratándose de las escuelas de ocho horas; en eso consiste la enorme ventaja de éstas frente a las de seis horas). Incluso si la pagaban los padres, costaba —en esa época nueve pesos— algo relativamente accesible, y no más caro que la misma comida en casa. En segundo lugar, les permitía a las mamás una jornada completa de trabajo fuera del hogar, sin tener la preocupación de recoger a los niños a las 12:30 o de tenerlos abandonados en la casa hasta la tarde. En tercer lugar, daba lugar a más horas de estudio, o de deporte, dibujo, música u otras actividades. En tercer término, le brindaba a los niños una seguridad frente a la violencia —a partir de la declaración de guerra de Calderón en 2007— que no tendrían en la calle o en la casa solos. Y, por último y sobre todo, permitiría más horas de matemáticas, ciencias, español e inglés, para mejorar de manera necesaria aunque no suficiente los rendimientos escolares.
Respondía también a las objeciones. La matrícula de primaria se había estabilizado y empezaba a descender; hoy eso es mucho más cierto. Esto permitía disponer más fácilmente de los planteles de doble turno, ya que el vespertino iba desapareciendo en muchas zonas. Los maestros con doble turno, seguirían así, sólo que darían clase de un jalón y en la misma escuela, los de un turno trabajarían doble, con doble salario, con implicaciones presupuestales significativas pero que podían ser atendidas por un impuesto educativo especial.
El cierre de las escuelas durante la pandemia —el más prolongado de la OCDE— constituyó una magnífica oportunidad para preparar una expansión radical de las escuelas de tiempo completo. Sobre todo que la SEP contaba con un estudio del Banco Mundial (ciertamente neoliberal) de 2018 que mostraba cómo el aumento de dichos planteles entre 2007 y 2016 arrojó una mejora notable en los resultados escolares de los niños. No sólo no se aprovechó el período de covid para preparar un regreso a clases con jornada completa, sino que ahora resulta que se suprimen las escuelas de ese tipo que sobrevivían. Sabíamos que a López Obrador no le interesaba la educación, pero no a este grado. Es uno de los peores pecados de un sexenio que puede presumir muchos.
Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia y Sólo así: por una agenda ciudadana independiente