¿La presidenta no tiene quien la tarjetee? No es una afirmación, como en el caso del coronel de García Márquez, sino una pregunta retórica. Y la respuesta es un no contundente, por lo menos en lo que se refiere a asuntos internacionales.
El domingo pasado, cuando ya había comenzado el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, Claudia Sheinbaum fue cuestionada sobre dicha intervención militar. Según Reforma, respondió “paz, paz, paz, paz” muy escuetamente. Más adelante viene lo peor: “México siempre ha luchado por la paz, siempre en cualquier circunstancia”. El problema, desde luego, es que no sólo la afirmación es falsa, sino que descansa en una concepción equivocada del mundo, de México, y de la ética mínima para entender estos asuntos.
México, como se sabe, no luchó por la paz siempre, en cualquier circunstancia. Durante la Segunda Guerra Mundial en 1942, después del hundimiento de los buques Potrero del Llano y Faja de Oro en aguas del Golfo, México le declaró la guerra al Eje –y en particular a la Alemania nazi–, junto con la mayoría de países latinoamericanos. Como es bien sabido por todos los niños desde hace casi un siglo, hasta López Obrador parece que lo sabía, el Escuadrón 201 combatió –es un decir– en el Pacífico. Por cierto, el secretario de la Defensa en ese minuto fue Lázaro Cárdenas, supuestamente el héroe y mentor de Claudia Sheinbaum.

Pero más allá de la ignorancia presidencial de la historia de México, lo grave es la idea de que un país, en este caso México, siempre ha luchado por la paz, en cualquier circunstancia. No. No había que luchar por la paz durante la Segunda Guerra Mundial. Había que luchar por la victoria militar y la destrucción completa del nazismo y del militarismo japonés (Mussolini no importaba gran cosa) Fue no sólo una guerra justa, sino una guerra necesaria. Quienes estaban por la paz justo antes y durante la Segunda Guerra fueron los colaboradores del nazismo: Lindbergh en Estados Unidos, Pétain en Francia, y varios otros entre las sociedades de los países aliados. Ni Stalin, ni Churchill, ni Roosevelt luchaban por la paz; sus tropas combatían por una victoria militar completa y aplastante.
Pero, además de que esto debiera ser claro para cualquier persona con un mínimo conocimiento histórico y cultural, lo debe ser con creces para alguien como Claudia Sheinbaum. Porque no quisiera que alguien le preguntara si le parecía que ante los campos de concentración y el exterminio de seis millones de judíos por el nazismo había que luchar por la paz “siempre, en cualquier circunstancia” ¿En cualquier circunstancia? ¿De veras?
Una persona de ascendencia judía como Sheinbaum debiera saber que lo último que convenía hacer –y que hasta cierto punto Roosevelt y Churchill no hicieron– fue combatir hasta el final el holocausto, e incluso tratar de detenerlo, por ejemplo, bombardeando los trenes que iban de Varsovia a Auschwitz, desde 1943-1944 cuando se supo lo que ahí sucedía. Sheinbaum no tiene por qué ser una judía religiosa y practicante, lo es culturalmente. Y debe saber que lo peor que se puede afirmar al respecto es que había que luchar por la paz, estar por la paz, en esas circunstancias.
El simplismo, la banalidad, la ignorancia, no son graves en ciertas circunstancias y a propósito de ciertos temas, pero con lo que sucede hoy en el mundo, y a propósito, justamente, de guerras justas o injustas, de optativas u obligatorias, de agresión o de defensa, hay que evitar hasta donde se pueda los lugares comunes. Por una simple razón: los lugares comunes, como el sentido común –según Descartes el conocimiento mejor repartido entre los humanos– no bastan para entender lo que ocurre, mucho menos para definirse ante lo que sucede, y aún menos todavía para tratar de incidir en los acontecimientos que hoy en día atestiguamos en Medio Oriente, en Venezuela, y probablemente pronto en Cuba.
Ojalá uno de estos días la presidenta se consiga alguien que le escriba las tarjetas sobre estos temas, y luego se las dé. Con una condición: que las lea.
Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Las dos izquierdas y Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia.