El Mundial de nuestros sueños

Aunque el pleito entre los taxistas del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y las plataformas (Uber y Didi) no comenzó ahora, es posible que tenga que ver con el inminente festejo intergaláctico que tendrá lugar en la capital en junio y julio. Me refiero al Mundial, y a las enormes expectativas que ha despertado dentro del gobierno y entre todos quienes piensan que tienen algo que vender o alquilar a los millones de espectadores que vendrán del mundo entero a visitarnos. Iremos viendo que tan cierto es todo esto.

Como se sabe, el gobierno espera alrededor de cinco millones de visitantes entre las tres sedes seleccionadas. Nunca da demasiados detalles sobre la distribución de turistas: nacionales o extranjeros. No es que los aficionados mexicanos que vayan de Coatzacoalcos a Guadalajara a ver un partido no le aporten algo la Perla Tapatía. Desde luego que sí, pero es lo que le restan a su ciudad de origen. La cifra clave es la de extranjeros que arriben a nuestro país con el propósito de ver alguno de los 13 partidos en México, ya sea en el estadio, en los Fan Fest, o en la televisión o su teléfono, mientras la pasan muy bien, comiendo y bebiendo las delicias que nuestra gastronomía ofrece.

Tampoco se sabe a ciencia cierta de dónde sacó el gobierno la cifra de cinco millones. He hablado con personas que dirigen empresas aeroportuarias, aéreas, hoteleras, o de restaurantes, que se muestran perplejas ante el número mágico escogido por el gobierno, probablemente al azar. Lo que sí sabemos es que sobre el Mundial en México se ciernen ya varios nubarrones.

El primero es el agandalle: para eso nos pintamos solos. Los taxistas, además de motivos propios y anteriores, quieren mantener su monopolio del transporte en Benito Juárez y en el AIFA. Cobran, desde ahora, casi el doble de lo que cuesta el mismo viaje en Uber o en Didi. Pero seguramente encontrarán la manera de elevar aún más sus tarifas una vez que empiecen a llegar los famosos cinco millones, para hacer su agosto en junio. Sé de hoteles en las zonas más pudientes de la ciudad que ya están multiplicando por dos o hasta tres el precio cotidiano de sus habitaciones. Personas que alquilan departamentos en Airbnb, por ejemplo, también subieron sus precios entre dos y tres veces para el Mundial. Va a suceder lo mismo con todos los rubros posibles e imaginables de venta de garnachas, chácharas, boletos, hospedaje, y todo lo que la imaginación mexicana pueda inventar. No es que esto no suceda en otros países; desde luego que sí, pero en esto quizás México llegue al quinto partido en el ranking mundial.

Además del agandalle, está desde luego el costo. Los acuerdos firmados con la FIFA durante el sexenio de Peña Nieto, y supuestamente ajustados en estos últimos meses, no revelan con exactitud cuánto va a invertir el gobierno federal, y en su caso los gobiernos estatales de Jalisco y Nuevo León, y los municipales de Monterrey y Guadalajara. Pero se trata sin duda de sumas estratosféricas. Si no, el gobierno las hubiera divulgado.

Alberto Caudillo

Todos estos eventos –el Mundial, los Juegos Olímpicos, los Panamericanos, etcétera– cuestan siempre una fortuna, mucho más de lo estimado. Es normal. Lo que jamás queda del todo claro es si valió la pena una vez que se suman los gastos y se pueden calcular más o menos los beneficios. Estos no provienen sólo de la derrama procedente de los visitantes. En teoría lo más importante es la proyección del país sede en el mundo a través de la televisión y otros medios, atrayendo turismo, prestigio, orgullo, incluso premios de diverso tipo. Pero de que cuesta, cuesta. Y con las maltrechas finanzas públicas mexicanas es difícil determinar si realmente vale la pena.

En seguida, la decepción. Es poco probable que lleguen esos cinco millones de visitantes. Hace unos días, cuando la FIFA anunció que cancelaba o “liberaba” 800 habitaciones de hotel que había reservado en la Ciudad de México, uno de los representantes de la industria hotelera en la capital previó que era difícil que el total de visitantes en su conjunto a la ciudad superara los 800 000. Si calculamos que incluso si la mitad fueran extranjeros, es un número satisfactorio pero muy menor al medio millón de turistas. México recibe al año más de 40 millones de turistas, por lo menos ateniéndonos a los cálculos a veces exagerados de los distintos gobiernos mexicanos. Es muy posible que no se terminen de reservar todas las habitaciones o alojamientos de Airbnb; que no se venda tanta cerveza y tequila como se espera; que los Fan Fest sí tengan lugar, pero con más capitalinos que foráneos, y que toda la derrama sea mucho menor de lo que se alardea. También es algo que veremos.

Y por último los riesgos. Yo no tengo la menor idea si el CJNG piensa en estos términos o no. Pero es obvio que uno de los golpes más espectaculares que podría dar como venganza por abatir al Mencho, consistiría en una serie de acontecimientos violentos en Guadalajara. Explosiones, camiones quemados, secuestros, balaceras, ejecuciones de policías o de funcionarios: todos estos sucesos se encuentran al alcance de sus hombres armados. Tal vez decida no aprovechar la coyuntura, portándose como buenos mexicanos, o sólo por prudencia: para qué antagonizar a una población que a priori no le es demasiado hostil. Pero de suceder llevaría a un peligro innegable: que se suspendieran los partidos en Guadalajara, se tuvieran que llevar a México, o a Monterrey, o a Houston, creando más que una publicidad favorable al país, una confirmación de la mala imagen que México ya tiene en el mundo desde hace tiempo.

Pero no sólo el CJNG puede verse tentado por este tipo de acciones. Cualquier fuerza violenta enemiga del gobierno federal, de Jalisco, o de Guadalajara y Zapopan, puede sentir la tentación de aprovechar el momento. Entonces quedaría todo peor que si no hubiera habido mundial o no hubiera habido captura y muerte del Mencho.

Sabremos pronto si estos nubarrones se materializan o no. O en una de esas el gobierno tiene razón: llegan cinco millones de extranjeros, todos la pasan felices, y México sale airoso de un lance nada fácil de superar.

Jorge G. Castañeda

Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Las dos izquierdas y Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia.

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Publicado en: Amarres