Desde hace casi veinte años ha tenido lugar una especie de debate sobre el tipo de policía que debe existir en México. Algunos hemos sostenido, desde 2004, que es necesario abandonar el esquema federalista —copiado de Estados Unidos— y con él la noción de que es buena idea encargarle la seguridad a policías estatales y municipales. En su lugar, yo y otros pensamos que sería mejor crear una policía nacional única, siguiendo el modelo colombiano o chileno. Muchos —la mayoría de quienes se ocupan del tema— piensan lo contrario. Prefieren “apoyar” a las policías locales, formarlas, financiarlas y mejorarlas, y utilizar una policía federal solo en ocasiones y en lugares específicos.

Ilustración: Víctor Solís
Los sucesivos gobiernos nacionales, desde Ernesto Zedillo hasta la fecha, han sido ambivalentes. Zedillo creó la Policía Federal Preventiva (PFP), pequeña y con militares. Vicente Fox la mantuvo igual; Felipe Calderón la amplió, pero en pequeña escala; Enrique Peña Nieto no hizo nada. Por su parte, Andrés Manuel López Obrador ha creado la Guardia Nacional militarizada; es decir, ha hecho lo mismo que Zedillo y Fox, pero al revés. En el fondo, se ha optado por la inercia y la parálisis, porque la sociedad mexicana y su clase política son incapaces de decidir.
La semana pasada se sumaron dos elementos a esta discusión. Primero, se dio a conocer un estudio del Instituto Belisario Domínguez del Senado y de la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP), según el cual 26% de los municipios del país carece de policías municipales. Otro 27 % disponen de menos de cincuenta elementos. Es decir: más de la mitad de los municipios del país cuenta con cincuenta policías municipales o menos. Solamente la Ciudad de México cumple con el requisito internacional de 1.8 policías por cada 100 000 habitantes; e incluso en ese caso, esos casi dos policías se parecen más a Viruta y Capulina que a Elliot Ness. Con la posible excepción de algunas de las cincuenta ciudades más grandes del país, la policía municipal no existe.
Esto no debería sorprendernos. La única fuente de financiamiento municipal en el país es el impuesto predial, y es una miseria. No hay, entonces, dinero para pagarle a la policía municipal, y no hay ninguna posibilidad inminente de aumentar la recaudación predial o las transferencias federales. Los impuestos estatales no existen, y por lo tanto, con contadísimas excepciones, las policías estatales tampoco sirven de mucho. De modo que, a casi veinte años de haberse creado la PFP, no tenemos una policía nacional digna del nombre —aunque bajo otro gobierno la Guardia Nacional podría ser la base de ella— ni tampoco policías municipales de verdad.
Ahora bien, si alguien piensa que con el paso del tiempo esta disfuncionalidad estructural del Estado mexicano va a cambiar, le sugiero que revise el segundo aporte a la discusión. Se trata de la serie documental Duda razonable, de Roberto Hernández, que se acaba de estrenar en Netflix. Muchos recordarán Presunto culpable, la épica producción de Hernández que estremeció a multitudes de mexicanos. Duda Razonable es peor, o mejor si se quiere: aterra.
La película trata de dos secuestros en Macuspana y de cuatro personas acusadas y encarceladas por las autoridades locales y estatales. De cada episodio se pueden sacar múltiples conclusiones del terrible estado del país, pero por mi parte me quedo con una: no es posible tener policías municipales decentes en México. Simplemente no existen condiciones para ello. Gracias a los sueldos miserables que les pagan, producto a su vez del esquema fiscal del país, sus integrantes no tienen remedio. Sin educación, sin integridad, sin escrúpulos, sin equipo, sin absolutamente nada: son impresentables. Golpeadores, mentirosos, corruptos, desidiosos, inútiles: no tienen nombre. Desconozco la opinión del cineasta Hernández sobre el debate citado. Pero su aportación es contundente. No hay manera.
Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia y Sólo así: por una agenda ciudadana independiente.