La decisión de abrir o no escuelas con el arranque del año escolar es endiabladamente difícil para todos los gobiernos del mundo. En los países donde la pandemia ha pasado, o donde los rebrotes son pequeños, localizados y efímeros, las autoridades la tienen más fácil, pero de cualquier manera, los riesgos políticos y sanitarios son enormes. Donde perduran el covid-19, los contagios y los decesos, es mucho más compleja. No hay buenas opciones; los gobiernos escogen entre varias malas.
En México la decisión de cerrar en marzo y recurrir a una especie de opción en línea era probablemente inevitable y a la vez inviable. Si en países ricos el esquema online para primarias y secundarias públicas funcionó a medias, en México, al igual que en otros países de América Latina, con la excepción de Uruguay y Costa Rica, no era factible. La mediocre conectividad, la carencia de instrumentos, el costo del prepago, la falta de espacios en la mayoría de los hogares, hizo que la solución virtual no prosperara, ni siquiera en escuelas privadas, caras, y con alumnos ricos. Sé de muchos casos de amigos con hijas en instituciones de gran prestigio donde los maestros se aparecían una hora al día, dejaban tareas, y los niños se dedicaban a otra cosa.

Ilustración: Patricio Betteo
Seguramente a eso se debe que la SEP haya abandonado la opción online, sin hacer lo suficientemente explícita su decisión. Ya no habrá online a partir del principio de cursos. El alto nivel de contagios y los peligros de rebrotes en muchas comunidades contribuyó, me imagino, a que también descartara un regreso presencial selectivo, espaciado, rotativo y parcial, como en muchos países ricos o de ingreso medio. Pero la opción televisiva, más allá del gesto de las empresas, no es una solución. Es una tomadura de pelo.
La “telesecundaria” de hace 40 años nunca funcionó. La opción actual es un retroceso brutal, que sólo engaña a los padres de familia y a los alumnos. No irán a la escuela. Perderán un segundo año. Retomo las preguntas de Eduardo Andere M. en Reforma: “¿qué harán los maestros? ¿Cómo se evaluará a los estudiantes? ¿Cómo asegurar que efectivamente los estudiantes se sienten por horas frente a las pantallas y que los papás los favorezcan? ¿Cómo atender a los niños cuyos papás tienen que trabajar todo el día? ¿Cómo sabrán los maestros que las tareas, proyectos, trabajos, pruebas y evaluaciones los hicieron los niños y no otras personas en el hogar?”
Por no ser interactiva, por obligar al hacinamiento en las casas, por complicarle la vida enormemente a las madres de familia, la opción televisiva es una opción inexistente. Desaparecer un segundo año escolar es una barbaridad, que en todo caso no debe ser disimulada bajo la idea de una “alternativa”. ¿Había otro camino? Parece que sí, lleno de riesgos y de adversidades, pero mejor que nada.
Primero, adoptar un auténtico enfoque regional. Donde la pandemia es débil, abrir; donde sigue fuerte, no hacerlo. Donde se abre, reducir el número de niños por salón, escalonar los turnos, usar mascarillas, lavar manos, etc. No recurrir a maestros vulnerables por edad, padecimientos previos, u otros motivos. Tomar temperatura y realizar el mayor número de pruebas posible a niños y maestros, y al menor síntoma, cerrar. Realizar rastreos de los padres en casa, para detectar contagios —improbables— por los niños a tiempo.
No invento nada. Éste es el procedimiento imperfecto pero real que han puesto en práctica muchos países, y muchos estados en la Unión americana. Su viabilidad y peligro debe cotejarse no con la fantasía de la televisión, sino con la perdida de dos años escolares consecutivos, en un país donde la educación ya era un desastre.
Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Sólo así: por una agenda ciudadana independiente y Amarres perros. Una autobiografía.
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