Los datos finales del PREP nos permiten reiniciar una discusión que debió celebrarse desde 2018, que se ha interrumpido desde entonces y que ojalá ocupe un lugar central de aquí a las elecciones presidenciales de 2024. Es el debate sobre si hace tres años la sociedad mexicana rechazó de manera abrumadora a los regímenes del PRIAN —2000-2018— y al “neoliberalismo” y se lanzó a los brazos abiertos de López y a la supuesta cuarta transformación que echaría a andar.
Ya hemos tratado de ilustrar en estas páginas cómo los resultados de 2018 no fueron los que parecieron. AMLO llegó a sus famosos 30 millones de votos (53 % de los electores) sólo porque recibió la ayuda de sus amigos: Peña Nieto, los gobernadores del PRI, los medios de comunicación controlados por Los Pinos. Pero la mejor prueba de la falsedad de la tesis del PRIAN repudiado yace en los números de 2021.

De un total de 47.7 millones de votantes en la única elección nacional del pasado domingo (así dejamos fuera al poniente opositor del Valle de México y a las gubernaturas de Morena), 34 % sufragaron por Morena. La suma de PRI y PAN, aliados en unas dos terceras partes de los distritos, alcanza 36 %, con más o menos la mitad cada uno de los dos partidos. Se puede discutir si es válido amalgamar a ambos partidos de oposición sólo porque se aliaron. Pero quien inventó —con ingenio y cinismo— el apodo “PRIAN” fue López Obrador: van juntos no porque se coaligaron en 2021, sino porque gobernaron de facto juntos e igual, el uno que el otro, entre 2000 y 2018 (se podría incluir también el sexenio de Zedillo, pero por alguna razón los partidarios de AMLO no suelen hacerlo).
En otras palabras, las partes de la población adeptas de la cuarta transformación (los del Verde y del PT no son adeptos de nada) y del PRIAN (el PRD ahora es su aliado y en 2018 lo fue del PAN, pero nunca gobernó con ellos) son prácticamente idénticas. No hay, en las urnas del 6 de junio, ningún rechazo, ningún mandato, ningún juicio lapidario para la historia de repudio a los partidos que llevaron a Fox, a Calderón y a Peña Nieto a la presidencia. Tampoco hay un castigo generalizado hacia la patética gestión de gobierno de López Obrador. O si un poco más del tercio del electorado es el reflejo de un fracaso, lo es también para Morena. O todos coludos o todos rabones.
La pregunta interesante para 2024 consiste en las raíces profundas de esta aparente neutralidad de la sociedad mexicana, tanto hacia el PRIAN como frente a Morena. Hay mucho de indefendible en lo que los gobiernos hicieron en México desde el año 2000, pero también hay mucho que rescatar, que López Obrador se ha propuesto destruir y que un futuro gobierno tendrá que reconstruir. La oposición de 2018, vapuleada por un resultado que no esperaba, sigue pasmada hasta el día de hoy en la búsqueda de qué defender, qué reconstruir y qué tirar, efectivamente, al basurero de la historia. Da la impresión de que le tiene pavor al fantasma de la restauración, en parte con razón. Pero la sociedad mexicana rechaza menos lo que se hizo, que a los propios artífices de lo que se hizo. Hacia adelante habrá que tomar nota de esta paradoja.
Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia y Sólo así: por una agenda ciudadana independiente