Aguas con China

En estos días de la Asamblea General de la ONU, de la llamada cumbre de la Celac y de la agudización de las tensiones entre China y Estados Unidos, es normal que surja la tentación o la denuncia de que México juegue “la carta china” frente a Estados Unidos. Por las oportunidades que ofrece la creciente embestida comercial y de propiedad intelectual y militar de Biden contra Beijing, pareciera haber posibilidades de que México atraiga inversión norteamericana que actualmente se encuentra en China o, en todo caso, eslabones de la cadena de suministro que hoy se localizan en ese país y que podrían venir a México con motivo del enfrentamiento de los dos gigantes o simplemente por la geografía mexicana. También se entiende que, frente a las crecientes dificultades que encuentra en su trato con Estados Unidos, el gobierno mexicano se sienta tentado de acercarse a China como contrapeso, equilibrio o incluso como represalia por cualquiera de las posibles acciones poco amistosas por parte de Biden a México.

Ilustración: Guillermo Préstegui

Parecería lógico que así lo hiciera un gobierno que obviamente no puede comportarse de la misma manera con un país como Cuba, que simplemente no pinta en la ecuación internacional. Sería un muy grave error que el gobierno actual jugara “la carta china”. Conviene recordar, para quienes no necesariamente lo vivieron o lo leyeron, que desde 1917 México nunca se atrevió, y con toda razón, a jugar “la carta soviética”. México y la URSS restablecieron relaciones diplomáticas en 1942; durante la Segunda Guerra fuimos aliados; durante la Guerra Fría, aunque nunca fuimos miembros del grupo de los no alineados, tratamos de mantener cierta equidistancia, pero siempre supimos —todos los presidentes de México lo supieron— que una cosa es coquetear con los cubanos y otra muy distinta es jalarle las barbas al tío Sam, buscando acercarnos a Moscú. Algunos sí recordarán que, durante la crisis del Caribe de octubre de 1962, López Mateos tomó clara y abiertamente el partido de Kennedy contra Khrushchev y nunca puso en tela de juicio su pertenencia a la alianza occidental en el momento máximo de enfrentamiento de la Guerra Fría.

No lo hicimos porque una cosa es el coqueteo con unos y con otros, y otra muy diferente es jugarle al pendejo. De la misma manera que Carranza no respondió favorablemente al famoso telegrama Zimmermann por razones semejantes, ningún presidente de México se ha atrevido a buscar ese acercamiento o el que pudiera darse ahora con China. Según información fidedigna, durante el sexenio de Peña Nieto, cuando hubo la tentación de contratar la red troncal de fibra óptica o la de la CFE con Huawei, el gobierno de Obama le indicó claramente al de Peña Nieto que eso no se podía hacer, que hacerlo constituiría un acto agresivo contra Estados Unidos. Los norteamericanos, tanto bajo Obama como bajo Trump, le dijeron más o menos lo mismo a los brasileños y a los chilenos a propósito de sus contactos e intentos de contratar algún tipo de gran proyecto de infraestructura con Huawei.

Además, nosotros no nos encontramos en la situación de varios países de América del Sur. Brasil, Argentina, Chile y Perú, por lo menos, exportan grandes cantidades de commodities a China. Beijing ya es su principal socio comercial. Reciben cuantiosas inversiones chinas en infraestructura vinculada a la producción o al transporte de dichas materias primas. Nada de eso es pertinente para México. No exportamos en realidad gran cosa a China y lo que exportamos no son commodities: no producimos un gramo de soja y nuestras exportaciones de petróleo, cobre, plata, zinc, etc. se dirigen casi todas a Estados Unidos. A pesar de muchos intentos por parte del gobierno de Peña Nieto, no ha llegado mayor inversión china a México salvo en cosas menores, como las reparaciones de algunas líneas del metro y de ciertas unidades productivas.

Pero como tenemos por primera vez en mucho tiempo —en realidad desde Ezequiel Padilla— a un titular de la Cancillería que abiertamente utiliza las relaciones del país con el resto del mundo para su campaña presidencial, el peligro de cometer este tipo de errores es significativo. Conviene recordar que yo sí tuve esas ambiciones, pero renuncié a la Secretaría de Relaciones Exteriores justamente para poder tratar de alcanzarlas. Y José Antonio Meade, que fue canciller con Peña Nieto, no hizo campaña para la candidatura del PRI hasta que se encontraba en la Secretaría de Desarrollo Social, y sobre todo en la de Hacienda. Aguas con la tentación china porque esa sí ni Biden se la va a perdonar a López Obrador. No alcanzan los haitianos, hondureños, salvadoreños, guatemaltecos, cubanos, ecuatorianos, golpeados, extorsionados, violados y maltratados en general para compensar un coqueteo mexicano con Beijing.

 

Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia y Sólo así: por una agenda ciudadana independiente

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Publicado en: Amarres