Ya se sabe como se habrá comportado la economía este año. En el mejor de los casos, el crecimiento será nulo; todas las cifras derivadas de las previsiones macro-económicas para el 2019, basadas en un crecimiento significativamente mayor, se verán afectadas a la baja. Ya también se cuenta con un vaticinio fundado para el año entrante. Si alcanzamos una expansión de 1% del PIB, será mucho; las inversiones pública y privada en el 2018 y 2019 no dan para mucho más, y el enfriamiento de la economía estadounidense garantiza que ese motor nos “jalará” poco. Por tanto, las demás previsiones para el 2020 también se ajustarán a la baja, empezando por el total de ingresos del gobierno.

Este año y el que sigue, López Obrador contará con muchos menos recursos para sus programas sociales y para sus proyectos de infraestructura de lo que esperaba, y de lo que estaba previsto. La decisión preliminar de recurrir al Fondo de estabilización (FIEP) y consumir la mitad del mismo a finales de este año muestra que el gobierno ya reconoce que así se encuentran las cosas.

Ilustración: Víctor Solís

Las implicaciones son evidentes. Si pudiéramos colocarnos en el cierre del 2020, o principios de 2021, veríamos que las transferencias sociales, el gasto en salud y educación, y en los proyectos de infraestructura habrán sido sustancialmente inferiores a lo prometido. A menos de que de aquí a entonces suceda una de dos cosas: o bien se incurre en déficits públicos y deuda para financiar el gasto (algunos piensan que gastar 7.5 mil millones de dólares del FIEP de hecho equivale a aumentar la deuda); o bien se lleva a cabo una reforma fiscal que no podría sino incluir una extensión del IVA a medicinas y alimentos, así como su elevación. Dados los compromisos de López Obrador de que no va a hacer ni lo uno ni lo otro, se pueden descontar estas opciones.

Queda sacrificar los “apoyos” y las obras, en mayor o menor medida, con mayor o menos planeación. Pero si alguien cree que con dos años de un crecimiento casi nulo, inversiones congeladas, una desaceleración en Estados Unidos y sin reforma fiscal o deuda se pueden cumplir las promesas, no entiende nada o está mintiendo. Y el FIEP solo se puede utilizar una vez, y si se destina a un uso —gasto corriente, ninis, etc.— no alcanza para otros destinos (Pemex, por ejemplo). En pocas palabras, las promesas de AMLO no se cumplirán ni en el 2019, ni en el 2020.

La pregunta interesante es como van a reaccionar sus adeptos, que sí le creen, a diferencia de sus críticos, que siempre pensamos que poco de todo su programa se podía cumplir. Si nos remitimos a lo que ha sucedido en otros países, en otros momentos, con gobiernos de izquierda que resienten dificultades para entregar lo que prometieron, es posible que los seguidores de AMLO se radicalicen. En lugar de “entender” que “otro mundo” no es posible ya, que deben postergar sus demandas, que la moderación y la paciencia son las mayores virtudes en casos como este, creo que maestros, campesinos, estudiantes, obreros, activistas, médicos, burócratas, artistas y comunidades indígenas comenzarán —ya empezaron— a movilizarse en torno al cumplimiento inmediato de sus demandas. Recurrirán a los consagrados y comprobados métodos de lucha —manifestaciones, bloqueos, huelgas, tomas de carreteras y oficinas— y exigirán que “su” gobierno no los defraude. Tendrán algo de razón, quizás; para que les prometieron tanto, cuando era obvio que no se podía cumplir. Allí veremos de que cuero salen más correas.

 

Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Sólo así: por una agenda ciudadana independiente y Amarres perros. Una autobiografía.